jueves, 27 de abril de 2017

Para que deje de doler

Dime, ¿qué estás haciendo tú para que deje de doler? Tanta ansiedad, tantos pensamientos que solo hacen que pasen las agujas del reloj en vano. Tanta desrealización. Perder el sentido de las risas, el abrazo de tu mejor amiga, o los dos besos de alguien a quien acabas de conocer. Dime, ¿qué estás haciendo tú para que deje de doler? Aún no te has dado cuenta que es cierto lo que dicen, que “quien se va no vuelve aunque regrese”. Por amor propio. Por dignidad. Por orgullo. Porque nadie que haya herido tu alma conscientemente merece pasar un segundo más a tu lado.

Yo, de verdad que no sé qué estás haciendo tú para que deje de doler, pero si aún duele, es porque no lo has hecho del todo bien. Y no quiero machacarte con esto. Sé lo que duele, sé lo difícil que es en esta era digital pulsar un trozo de pantalla y que automáticamente cierres toda posibilidad de contacto, de esperanza. De verdad que lo sé. Pero párate a pensar, acuérdate de todas las sonrisas que has regalado a cambio de nada. Todos los detalles que has llegado a pensar para que la vida de otra persona fuera perfecta. Otra persona, que decidió marcharse, dejarte, irse, salir. Tan calculado como la traducción del verbo “let”.


Así que no lo pienses un segundo más, y borra todo lo que haga falta, quema las horas y torna ebria alguna noche sin control. Y empieza a vivir. Que te aseguro que nadie se muere por nadie. Tal vez, eso sí, alguien decida algún día vivir por ti. Y entonces, justo entonces lo entenderás. El tiempo habrá anudado todo aquello que parecía quebrado.


La Tercera Gracia

viernes, 3 de febrero de 2017

Carta de despido

Esto es una carta de despido. Te juro que no habrá ni media línea más hablando de ti. Del amor que te quise dar y no aceptaste. De la devolución que hiciste por Navidad. En esta carta de despido solo encontrarás algunas cláusulas entre lineas de las que nunca hablamos. O de las que nunca quisiste hablar. Y por eso me he cansado. Los renglones se han empezado a torcer cada vez más y por eso tengo que cambiar el contrato de vida, de alma y de corazón. Tengo que arrancar todo lo que entorpezca. Como se arrancan esas hojas secas, tercas, que no se quieren caer aunque estén muertas. Sobran. Y alguien se lo tiene que hacer saber. Igual que el amor que está muerto. Que se intenta agarrar a las líneas de las poesías que te escribía para que no le destierre por completo. Aunque sepa que su final ya está escrito. Y aquí intervengo yo. Pues la tinta se me está corriendo, cuando eso solo lo debería hacer yo. Se acabó. 
Tuve lo mejor para ti. Y me atrevería a decir que lo he seguido teniendo guardado. Por si acaso. Como esa ropa que aunque no la llevamos no la tiramos, por si un día nos vuelve a gustar. Por si acaso. Como ese jersey que te llevas en la maleta por si nieva en pleno agosto. Por si acaso, como si tuviera que volver con alguien que me tiene como recurso en vez de prioridad. No hay por si acasos que valgan. Porque si no me quieres, no vales. Fin.


La Tercera Gracia

domingo, 8 de enero de 2017

Cualquier parecido con alguna historia de la vida real es pura coincidencia

Helena hizo, por fin, lo que debía haber hecho hacía mucho tiempo. Ni ella misma sabe de dónde sacó el valor, pero una cosa tenía clara “recibimos el amor que creemos merecer”. Ella había dado demasiado para tan poco. Porque es verdad, no se puede querer a cualquier precio. Y tenía una vida preciosa, que se estaba pudriendo, que le empezaba a pesar por el lastre que se echaba a las espaldas y no quería soltar. Como si estuviera obligada a recoger cada piedra que se encontraba en el camino, o asfaltar cada bache de la carretera.

No. Su vida era suya. Y aunque las palabras se le amontonaban en la garganta. Aunque a veces veía fantasmas en rincones clave. Aunque la vida le estuviera costando un poco más que de normal, aún así, le estaba costando menos que los meses pasados, pesados.
Y ella no podía quedarse con nada en los labios, ya fuera un beso o un insulto. Tenía clara la solución. Cogió papel y boli, y empezó a escribir la última carta al destinatario más frecuente de los pasados pesados, aunque esta no llegaría nunca:


“Gracias. Gracias por no haberme dejado quererte más, si era posible. Gracias por demostrarme que me puedo enamorar y dar todo de mi sin esperar nada a cambio. Por hacerme entender que soy buena persona. Que mi amor es totalmente desinteresado aún cuando me han roto, y posiblemente, lo hagan mil veces más. Te doy las gracias porque he podido experimentar los sentimientos más extremos, más opuestos, más dulces y más agrios y eso ahora, solo hace que sumarme experiencias, lecciones, sabidurías. Gracias también por hacerme entender todo el dolor que puedo llegar a soportar y seguir caminando hacia delante con una sonrisa, como una verdadera espartana. Como una valiente sin capa.
Gracias por hacerme ver que no eras tan bueno como yo te hice, por explicarme con tus actos que no merece la pena desvivirte por alguien que solo habla con la mentira, que su lengua nunca ha probado el valor y duro sabor de la verdad, de las palabras crudas, de los sentimientos desnudos.

Gracias otra vez por hacerme entender que si a ti te quise tanto, el correcto se volverá loco y entrará en frenesí cada vez que le mire. Porque sé hasta dónde puedo llegar. Y no es que antes no lo supiera, pero imagino que hasta que no te pones a prueba, nunca sabes dónde están tus límites. Y por eso también te quiero dar las gracias. Por hacerme ver todo lo que soy capaz de hacer. Porque terminar con una persona a la que ya no quieres es fácil, pero hay que tener dos cojones muy grandes para decirle “hasta aquí” a la persona por la que cambiabas la noche por el día y los kilómetros por besos.

Gracias por alejarte, por cansarte, por agobiarte, por lo que fuera que se te pasó por esa piedra que tienes en el tórax, y dejarme ir, volver a volar, hacer que mi cabeza y mi cuerpo vayan otra vez al compás, al unísono, bailando un vals que no terminará jamás, eso te lo aseguro.
Gracias, porque ahora sí que sí. Ahora sí que no. No quiero segundas partes, ni sonrisas de improvisto. Ya me da igual si Dios me libra o no de verte por la calle. No me cruzaría de acera. Yo no tengo nada que esconder. Yo quise con el corazón al descubierto, como pocos hacen, como nunca te lo han hecho. Como jamás sabrás ya qué es eso. Porque si engañas te engañas, si haces trampas, te trampean, y ojo por ojo diente por diente. Yo no me merezco a alguien de esa calaña. La que quiere de verdad, la que nunca le importó despertar a un vecindario entero para tocar por sorpresa la puerta de tu casa. Esa, esa se merece que la quieran hasta reventar. Hasta que le dejen K.O. de tanto desearla. Porque es lo justo. Porque tú nunca has sabido querer bien, ni querer de verdad. Y lo siento amigo, pero esa será tu condena. Pues cada uno recibe lo que da. No podrás pedir más.
Ya me da igual tu vida, ahora yo sigo con la mía. Hasta siempre.”




La Tercera Gracia 

viernes, 25 de noviembre de 2016

Luces

A veces es mejor dejarlo pasar, me digo a mi misma. Dejarlo pasar, olvidarte de lo que piensas y seguir con el mismo mecanismo de siempre. Eso es lo fácil, nos nos vamos a engañar. El problema es cuando te gusta complicarte la vida. Cuando prefieres sentirte viva aún sufriendo, a no sufrir pero sentirte muerta. Si todo sucede por alguna razón, si el destino ha querido que ahora y aquí se nos haya encendido una luz que nos marca otro camino ¿por qué no seguirlo? ¿por qué no jugarlo todo? 

Sigue las luces y sal de las sombras, me enseñaron de pequeña. Pero se olvidaban de que en alguna parte, la luz, siempre provoca una sombra. No sé si me estoy explicando.  Pero es que el sol, con toda su inmensidad, aún no ha conseguido que sea de día a la vez en Nueva York y en Roma. No hablo de usos horarios. No hablo de verano o invierno. No hablo de cosas, que en realidad está en nuestra mano cambiar. Porque cuando se tienen ganas, joder, cuando se tienen ganas he visto parques que han tenido más luz a las dos de la madrugada que a las cuatro de la tarde. Cuando se tiene ilusión, he visto como el más frío de los inviernos se tornaba precioso. 

Si en una cosa están de acuerdo los dos órganos más enemistados de nuestra compleja anatomía, es que vivir sin complicaciones y con pasividad, es estar muerto. Y yo creo que a partir de ahí empezaron las disputas entre estos dos. Cuando lanzaron a un cuerpo a hacer lo que más deseaba sabiendo aún que en algún momento del recorrido luminoso, habría una sombra. 
Pero de verdad, de verdad os digo, si que si a pesar de todo esto, en un determinado punto de la historia, no precisamente en el pico, situémonos en un hoyo. Si en este determinado punto de la historia, nos preguntasen si volveríamos a ir tras esa luz sabiendo todo lo que vendría detrás, lo volveríamos a hacer, y nuestra respuesta es sí... Si es así, o estamos como una puta cabra, o podemos estar orgullosos de nuestra vida.

Y tú, ¿lo volverías a hacer?


La Tercera Gracia.

lunes, 1 de agosto de 2016

Señores pasajeros

Que no, qué va. Que lo tengo todo claro. ¡Qué lo tengo todo controlado, te he dicho!
¿Os suena esta historia? Eso de tener claro que algo no te conviene porque como mínimo por tus propias circunstancias personales lo vas a pasar mal. Y siempre está el aditivo de no saber si ese ser que ha aparecido en tu vida de repente, te va a hacer la llamada "13-14". 
Claro, siempre en el momento menos oportuno, sino no tiene gracia. Quizás cuando menos estabilidad tienes, o cuando más y no quieres que nada se desordene.

Abróchense los cinturones, que las turbulencias de antes eran una broma, las de verdad van a comenzar ahora. Ahora que tienes el puto zumo en la boca, y no hace un momento cuando no lo tenías. Tampoco cuando te lo hayas terminado. Mejor ahora, a ver si eres capaz de aguantar sin desperdiciar una sola gota, sin mancharte con él o sin clavarte la pajita en la garganta.

Resulta, que en este avión llamado vida se trata de hacer virguerías. De hacer el jodida pino-puente cuando el aeroplano está haciendo un looping. Eso, claro está, si quieres ganar algo. A los mediocres les dejan permanecer en el asiento con el cinturón de seguridad hasta que el miedo se les pase.

Yo, todo hay que decirlo, no es que haya sido atrevida, es que tengo tendencia a ser una kamikaze. Correr en contra dirección, decir que sí a lo que todos suelen decir no y hacer que llueva hacia arriba. 
Así que no, no es el mejor momento, pero ¿cuándo lo es? Tal vez lo que necesitamos para crecer en la vida es salir constantemente de nuestra zona de confort, de quitarnos los cinturones aún sabiendo que nos podemos estrellar de forma inminente.
Porque, déjame decirte, que esos segundos en los que estás en el aire son jodidamente increíbles.


La Tercera Gracia

lunes, 11 de julio de 2016

¡Más amor, señores!

"Te hice daño. Sinceramente fue de lo primero que me acordé cuando me hablaste. De hecho pensé que por qué lo harías".

Lo que es la vida. Al final van a tener razón todos los que dicen que cuando te has portado bien con alguien, se acordará de ti el resto de su existencia. Pues escasean tanto las que te brindan todo sin nada a cambio, que al final estás casi obligado a recordar. Y no, esto no es un grito de vedetta ni nada parecido. Con esto todo lo que quiero hacer es una reflexión.

Joder, me he sentido tan inútil tantas veces en mi vida por dar sin esperar nada a cambio. Dejar de lado todo lo que estaba haciendo por secar unas lágrimas, limpiar el coche de mi amigo sin esperar a que luego me invitara a una cerveza. acercar a mi amiga en coche hasta su casa para que no se vuelva sola, todos los días, sin querer oir un "gracias". Escribir una pintada en un portal par hacer sonreír a alguien. Poner pancartas en un coche confesando mi irrevocable amor hacia esa persona. 

Os prometo que he estado perdida muchas veces en mi vida. Y que tal vez este texto parezca más bien escrito por Paolo Cohelo. Pero no quiero nada de eso. Solo quiero llegar a la conclusión típica, pero no incierta, de que hagas lo que hagas, si te ha hecho feliz, ha valido la pena. Y lo sé, porque he arriesgado mil veces por personas que no se lo merecían, pero tarde o temprano se han dado cuenta del error que han cometido cuando dejan ir a alguien que les ha querido con todo su corazón. Porque la vida es eso: amor. Es lo único que perdona y perdura en el tiempo, en las personas, en los recuerdos y en el viento. 

Y sí, el amor no da de comer, y hace llorar muchas veces, pero no hablo de esa clase de amor, que también. Tal vez quiero ir un poco más allá. Amor es lo que te impulsa a llevar las bolsas de esa señora mayor que viene del súper, o de esa chivada que le metes a tu compañero en un examen cuando le ves con cara de apuro. Amor es saber que vas a ser más feliz cuando haces una cosa que cuando no. ¡Más amor señores, eso es lo que necesita el mundo!




La Tercera Gracia

martes, 17 de mayo de 2016

Ella

No te equivoques. Ella “no es de las que te pueden hacer feliz”. Ella es LA que te lo va a hacer. Ella es la que con una mirada es capaz de recitarte la biblia en verso barroco y sin embargo lo entenderías todo a la perfección. Ella es el rizo dentro del rizo. El sacapuntas no del lápiz, sino de la mina. La guinda del pastel. La gota del rocío en esa flor que está de foto. El viento que hace que vuele la cometa. La escarcha del botellín de la cerveza. La forma geométrica perfecta del copo de nieve que te ha caído por casualidad en la palma de la mano.
Ella es el café de las mañanas y el gin-tonic del viernes después de trabajar. La luz en la oscuridad y la tiniebla en el día más soleado.

No lo dudes ni un segundo: ella es el sueño de cualquier mortal.
Lo mejor de todo es que es fácil encontrarla. Suele estar en el autobús de las once, o en el metro de las ocho. En la sala de espera del médico o en el parque corriendo. Puede estar en la oficina hasta las tantas de la noche acabando lo que nadie ha acabado, o empezando lo que nadie se atreve. La puedes encontrar en la farmacia, en cualquier restaurante de comida basura o en la calzada, con el coche en doble fila cambiando una rueda.

En realidad no importa mucho donde estés, porque la encontrarás. Te lo puedo asegurar. Y será quien menos te lo esperes. La vecina del quinto, tu madre, abuela o tía. Tu profesora de inglés del instituto, la novia de tu mejor amigo o aquella niña con la que te peleabas constantemente en el cole y, ahora igual que tú, ya no es tan niña. Te aseguro que un día te verás reflejada en ella, en tu ejemplo de mujer, de persona y de ser humano. Le mirarás a los ojos y no entenderás de dónde es capaz de sacar esa fuerza que aplasta tanques. Y tampoco cómo lo hace para tener disponibilidad 24h cada vez que alguien le pide un consejo.
Un día comprenderás que el ejemplo a seguir es ella. Y que está en todas partes.

Porque mires hacia donde mires el mundo está habitado por mujeres maravillosas. Mujeres que intuyen problemas y evitan catástrofes. Mujeres que mantienen una lucha constante contra esa parte de sociedad que aún no se ha dado cuenta quién tiene el poder, quién da la vida, quien se crea y recrea a pesar de todas las trabas que la historia nos ha puesto y que, a día de hoy, aún nos seguimos encontrando en algunos sitios.


Pero no importa. ¿Sabéis por qué? Porque ella estará luchando al pie del cañón con paciencia y perseverancia, con su astucia y su sexto sentido. Y ¿sabéis lo mejor de todo? Es que ella, ese ejemplo a seguir, ese modelo de persona, eres tú, tú, tú y somos todas nosotras. Y es que hay veces que se nos olvida.


La Tercera Gracia